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  La chola del "Pequeño mercado San Borja"

  La chola del "Pequeño mercado San Borja"

  Nuestro autor dice que escribe porque es un misántropo. "Vivo arrinconado en este comio lleno de maní que es la vida, desde allí, contemplo al género humano y veo que todos los cuerdos subieron al cielo en cuerpo y alma, y de ellos ya no hay nada que decir. Entre tanta confusión, algo queda siempre".

Domingo 30 de agosto de 2009

 Luego de una serie de tiras y aflojas bien huevones, me bajé no más los pecosbill y los matapasiones para ponérselo en conocimiento a la chola, pues le estaba sacando el poto a la jeringa sólo por mi calidad de chileno. "¡Huevadas!", dije y la apuntalé de forma tal que al primer empujoncito se nos vino el mundo encima. Literalmente. Es que estábamos fondeados en un espacio cagón de chico, que es lo que mide el puesto de verduras del pequeño mercado San Borja, en Lima (Avenida Aviación 2917, Distrito San Borja), de propiedad de mis amigos peruanos César Escudero padre e hijo.

Eran mis vacaciones, me había invitado Patrick Freitag, compatriota residente en Perú. Íbamos todos los días al mercado, a la cebichería; yo a pegar en la pera, Patrick a compartir con sus amigos. La muchacha tenía veintipico de años.

Los veinti eran de ella y el pico mío, por no saber su edad exactamente. En cuanto la vi me puse lacho. Le estiraba la lengua, que es el único apéndice largo que tengo y harto que me sirve a la hora de los quiubo. Así como hay ciertos cristianos que tienen mal desarrollado un sentido y Dios les robustece otro, a mí me dotó de una lengua que hace maravillas, un crótalo inescrupuloso, que se alimenta de sapos, almejas y arañas peludas.

La chola me veía la lengua y se ponía a transpirar sangre. Comencé ayudándole a correr enormes sacos de tubérculos. Una vez me pilló Escudero empujando cajones de cebollas. "Oye, carajo, deja de hacer huevadas, que para eso le pago a la chola. Tú vete al Museo de la Nación a ver esas momias llenas de barro y polillas, que tanto te gustan". "¡Ya voy!", le contestaba, mostrándole la lengua a la chola para que sufriera en mi ausencia.

Unas veces pasaba al museo, pero más me gustaba ir al Jirón Amazonas, a una feria de libros usados, a orillas del Rímac, allí valen una pitijaña, tres veces más baratos que en San Diego. La muchacha era chiconcita, monona; harta carne y poca grasa tenía la diabla. Yo cogía su manita y le daba piquitos breves como libaciones de zorzal en el cogotito olisco, acompañado de trabajosos restregones en el estrecho y umbroso habitáculo de las verduras. La invitaba al departamento de Patrick. Se negaba, temía que éste fuera a llegar con el cuento al mercado. "¿Acaso no tiene ganas de acostarse con papi?". "Sí, pero no allá". "¿Y dónde entonces?". Asomaba su nariz chata y ancha por entre las trenzas de ajo y me llamaba.

Allá iba yo, la agarraba con fuerza y le metía la mano por el espacio de la cremallera del pantalón, que mantenía abierto debajo del delantal, para palparle sus carnes húmedas, resbalosas de sudor. Sufría, llamaba a la mamá, mientras hacía lo mismo conmigo, pero yo me encajaba una zanahoria atravesada en la jeta y la mordía para no chillar. Que la prienda usara puros pantalones, hacía infructuoso el toqueteo instantáneo. Hasta que un día, vuelta loca, se levantó el delantal. Llevaba puesta una mini sobre las piernas peladas. Yo venía igualmente listo, pues el día anterior habíamos preparado el tálamo.

Pusimos dos inmensos sacos, uno arriba del otro. "El de abajo eres tú y el de arriba soy yo", le dije. "¿Y cómo sé que el saco de arriba es usted?", preguntó. "Por esto". La obligué a tocar dos papas pegadas del tamaño de dos peras (qué menos, si era yo), que sobresalían justo en la parte donde mi saco se enterraba en el de ella. Yo andaba con pantalones sueltos. De pronto, entré al puesto como un bólido y nos instalamos detrás de las papas.

La cholita se inclinó, remangándose la mini. ¡Oh, delicioso panorama! Bajé mis pecosbill de un manotazo y justo al dar el primer empellón, el saco superior se tambaleó yéndose guarda abajo. Explotó en el suelo, lanzando una perdigonada de papas hacia el pasillo. Los otros ochenta kilos quedaron sobre mis pies, aplastando mi ropa, siendo imposible sacarla de allí. Varios corrieron empujados por el estrépito. Impotente, inmovilizado y semidesnudo, a merced del grupo de curiosos, sólo atiné a tapar mis vergüenzas. ¿Y la pícara? Por allá, ni rocha; alejadita de mí, con su delantalcito bien puesto, haciéndose la inocente.

"Una mala fuerza, un mal envión", le dije a César. "Eso fue todo, ¿lo puedes creer, amigo?" El mismo corrió el saco, sonriendo majaderamente. Al fin pude subirme los pantalones, pero ni cuenta se dieron que, al igual que la chola, ese día yo también andaba sin ropa interior. //LND

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