
Miércoles 27 de enero de 2010| por Claudio Avendao
Frecuentemente asociamos los procesos comunicativos a los medios de comunicación y las Tecnologías de la Información (TI), tendemos a limitarlos a simples dispositivos, lo que constituye un reduccionismo que no asume el hecho de que la comunicación mediada es sólo una pequeña porción del tiempo histórico. La oralidad ha sido el espacio comunicativo esencial, basta recordar que la imprenta de Gutenberg se crea en el siglo XV, los medios masivos el siglo XX y las TI son finiseculares y propias de este siglo.
En la comunicación interpersonal la palabra tampoco es la reina indiscutible. Sabemos, desde hace décadas, que la comunicación no-verbal (gestos, distancia física y otros) es la base que define la relación entre los sujetos: la competencia o la solidaridad no se definen con palabras, su instalación se sitúa en el plano no-verbal. Esto lo tienen muy claro los que ejercen ciertos oficios, como los vendedores y artistas de espectáculos.
El cuerpo es un elemento clave a la hora de comunicar, podemos decir algo con palabras y contradecirla con nuestros gestos.
En la actualidad hay lugares en el mundo donde se realiza una especie de re-escritura de prácticas milenarias que usan el cuerpo como dispositivo simbólico. Lugar desde el cual se dan a conocer a otros y sí mismo, ciertos atributos de identidad, memoria, simbolización. El tatuaje es probablemente la práctica más conocida en este sentido. Es cierto, no es nada nuevo, pero hace algunas pocas décadas, su uso estaba anclado en el imaginario como algo propio de los marineros o personas vinculadas a la bohemia o cosas por el estilo. Tengo en mi mente a un tío que aparecía de vez en cuando en la casa de mi infancia y mostraba en su antebrazo dibujos un poco incomprensibles para mí. Después supe que era un homenaje a mi abuela, que se acompañaba con el popular y sentido tango "Medallita de la suerte", dado a conocer por la orquesta de Alfredo de Angelis.
Usamos la expresión re-escritura en el sentido de que ahora el tatuaje ha cambiado de vereda y es una práctica muy difundida entre los jóvenes. Muchos de los que conocemos tienen uno. A veces nos enteramos cuando ya lo tienen "escrito" en sus cuerpos, ellos saben que si preguntan lo más probable es que se les niegue el permiso y se produzcan esos "escándalos" familiares que buscan reordenar la disciplina y los valores. Recuerdo que hace un tiempo, mi hijo se hizo un tatuaje en su pantorrilla. Debo confesar que no me pareció bien descubrir su dibujo en la piel, sin haber sido consultado y, rápidamente, me afloraron todas las creencias de la cultura cristiana occidental, que indican que el cuerpo no debe ser "violentado", porque es "una obra de Dios", aunque también es cierto que en la Edad Media los monjes tenían ciertas prácticas para "castigar" el cuerpo y/o alcanzar otros niveles de conciencia; también recordemos el uso del cilicio en ciertos grupos católicos actuales, popularizados por una mala película y libro.
Volvamos al tatuaje, cuando me contó de qué se trataba el dibujo, comprendí que es una forma de relatar y relatarse aspectos esenciales de la vida y, por tanto, también de nuestras vidas. No es cualquier dibujo, es una narración en sí misma, que desea que permanezca con él y con aquellos que la ven.
En una investigación realizada por Ricardo López Vergara, desde Concepción (leer acá), se arrojan datos y reflexiones sobre el tema. El género está presente en los tatuajes: los hombres piden ponerlos en zonas más visibles y son de mayor tamaño, las mujeres usan diseños más vinculados con la sensualidad.
Un aspecto interesante es el análisis y descripción de las prácticas de suspensión. En términos generales, son técnicas que se usan para mantenerse "suspendidos" en el aire por un tiempo. Señala López que hay distintas formas de hacerlo y variadas performances, unas asociadas a lo espiritual (pequeños grupos de jóvenes iniciados), otras más ligados al espectáculo, en que hay incluso un público dispuesto a pagar. ¿Qué sentido tiene aquello? Para el autor "...las suspensiones suponen una decodificación, una re-escritura de los códigos del cuerpo establecidos socialmente... Supone 'pescar' la piel, elevarla sobre las aguas del cotidiano, para así sacar el cuerpo a flote, por y sobre sí mismo, llevándolo a otro estado material, subjetivo y algunas veces espiritual".
En definitiva, no es simplemente una autoflagelación del cuerpo, son formas de construir identificaciones, resistencias micropolíticas y maneras de definir complicidades en los grupos juveniles o, como algunos dirían, en las "culturas juveniles". Mientras, para otros es una moda, una mala copia de una práctica que deja de tener significación y se transforma únicamente en un estar ahí donde se definen las tendencias.
* Director magíster internacional en Comunicación Universidad Diego Portales