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Rusia: Un desastre no tan natural

El diario ruso “Izvestia” sintetizó la situación con las siguientes palabras: “El bosque ruso parece un niño huérfano. No recibe el cuidado del Estado ni del sector privado”. Dicho sea de paso, la participación de Medvedev en el lucrativo negocio ha sido omitida de las biografías oficiales.

Domingo 15 de agosto de 2010| por RAÚL SOHR

Rusia transpira y se asfixia bajo calores sin precedentes. Jamás Moscú conoció semejante ola con temperaturas que bordean los 40º.

Se desconoce el número de personas muertas a causa de la canícula. La última disparada del mercurio en Europa ocurrió en 2003. Entonces se registraron unas 35 mil muertes, de las cuales 15 mil fueron en Francia.

En Rusia el problema se ha visto agravado por los inmensos incendios forestales facilitados por largos años de sequías. Más de 800 focos cubren decenas de kilómetros.

Ello ha contaminado el aire de Moscú y vastas regiones del país.

Entre la deshidratación y los problemas respiratorios es dable esperar un número de fallecimientos superior a la ola térmica anterior.

Nada desnuda más a los países que los desastres naturales.

El colapso de la Unión Soviética en 1991 creó mucho más que un vacío de poder. Bajo el gobierno de Boris Yeltsin la nueva Rusia se sumió en una severa crisis administrativa. A río revuelto, ganancia de pescadores. Las regiones ganaron mayor poder.

Pero en la práctica nadie asumió la protección y mantención de cientos de millones de hectáreas de bosques.

El Ministerio del Medio Ambiente fue suprimido en 2000, el sector forestal fue traspasado al Ministerio de Recursos Naturales en 2004, así se pasó de la protección a la explotación.

Por su parte, el Presidente Vladimir Putin, en 2006, impuso una reforma forestal que fue aprobada por el Congreso en la que transfería la responsabilidad de los bosques a las autoridades regionales.

Pero la medida no contó con recursos para las regiones, lo que significó la supresión de 70 mil puestos de guardabosques. La inmensa riqueza maderera rusa quedó abierta a los sectores empresariales emergentes.

El mayor beneficiario del proceso privatizador es el Grupo Ilim, el mayor productor de celulosa y papel en Rusia.

La empresa, asociada con capitales extranjeros, emplea a 20 mil trabajadores. El jefe del departamento jurídico del Grupo Ilim no era otro que el actual Presidente ruso Dimitri Medvedev.

Las nuevas normas de explotación de los bosques son criticadas por grupos ambientalistas porque permiten la tala sin reposición. Además, en la actualidad nadie asume responsabilidad por la protección del sector silvícola.

El diario ruso Izvestia sintetizó la situación con las siguientes palabras: “El bosque ruso parece un niño huérfano. No recibe el cuidado del Estado ni del sector privado”.

Dicho sea de paso, la participación de Medvedev en el lucrativo negocio ha sido omitida de las biografías oficiales.

La rabia de las víctimas de los incendios le ha sido expresada a la cara al Primer Ministro Putin. Acostumbrado a un público dócil, Putin reaccionó ante las protestas con promesas: todas las casas consumidas por las llamas serán reconstruidas antes del invierno, incluso a mejores niveles que antes.

Dejando de manifiesto la fragilidad institucional, dijo que instalaría cámaras con las que él, en persona, desde su oficina, controlaría el progreso de las construcciones. Medvedev, por su parte, anunció que el gobierno facilitaría 100 millones de euros.

Anticipó también que nombraría contralores para que fiscalizaran el buen uso del dinero y que la ayuda no se diluyese en las instancias burocráticas.

Al parecer, también los rusos conocen eso de hecha la ley, hecha la trampa.

Los fenómenos climáticos extremos pueden ser producto de circunstancias excepcionales. Al considerar eventos particulares, se requieren evidencias sólidas antes de señalar sus causas.

Ya se sabe que la meteorología y las predicciones climáticas distan mucho de ser ciencias exactas.

Pero, claro, tampoco puede desconocerse que podrían formar parte de la tendencia largamente anunciada: el calentamiento global, producto del efecto invernadero.

Trátese de hechos aislados o parte de una corriente general, lo que ocurre calza con exactitud con la “hoja de ruta” pronosticada por los científicos.

Los incendios rusos ilustran la llamada retroalimentación positiva. Así, el calentamiento global causa sequías en ciertas regiones que tornan a los bosques más vulnerables a las llamas.

Al arder, estos generan grandes nubes de humo que contribuyen a los gases de efecto invernadero que, a su vez, aumentan la temperatura.

Así, un factor retroalimenta al otro. Chile al igual que Rusia tiene una amplia experiencia sobre desastres naturales. La pregunta no es si sobrevendrán desgracias. Ya se sabe que ellas son ineludibles.

La cuestión es cuán preparados están los países para enfrentarlas.

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