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  Simples transeúntes

  En la ficción, todo está permitido. Lo mágico es real y, otro cuento sería, si gobernantes, parlamentarios y los mal consagrados, hubiesen sido transeúntes.

Lunes 8 de febrero de 2010| por gueda Sez* / La Nacin

Hasta de ideas está despoblado el febrero santiaguino. Si hablamos de cuentos, el fin del gobierno debería haber coincidido con el paso de la Pequeña Gigante y los casi 3 millones de personas que salieron a la calle a ser espectadores.

Cuesta entender esa energética fantasía del personaje "gente" que corre, lagrimea y ríe. Capaz de soportar más de 30 grados de calor, la asfixiante muchedumbre, los cabros chicos perdidos, deshidratados y alegres.

Aplausos más aplausos. Si de cultura de masas se trata, hubiese sido el momento ideal para entregar el gobierno y partir.

Diseminarse en la magia callejera, donde ser gobernante o lustrabotas es igual. La calle democratiza, no hay palcos, plateas ni galerías, el Transantiago no exuda Chanel, Givenchy ni Armani.

La calle es calle. Tiene olores, transpira, vomita y se moja con la orina de niños y borrachos. La calle oscurece, se descascara, está llena de ruidos infernales, humo, baratas, moscas, garrapatas y basura.

En las veredas están los pobres, los de la periferia, los que se mojan en los grifos o se refrescan en las piletas, los que llevan el cocaví a la plaza, toman vino en caja, los que ríen a carcajadas, los que van a las escuelas con números y chupetean un cubo. En decir político: la mayoría.

Hay esquinas y desamparo para vagabundos, prófugos, drogadictos, alcohólicos, traficantes sexuales, el que espera locomoción, el vendedor.

La calle es un espacio plural, cada loco con su tema y el que tiene paciencia que escuche. En la calle sucede -incluso lo prohibido-, un buen peatón conoce los códigos y huele el peligro y la oportunidad.

Gigantes y simples lecciones: el personaje "gente" despliega emociones, no muerde, sabe comportarse, no desestabiliza al gobierno, no abuchea a la Presidenta. Se conmueve con latidos y suspiros, piensa, opina, desea, trabaja y come.

En la ficción, todo está permitido. Lo mágico es real y, otro cuento sería, si gobernantes, parlamentarios y los mal consagrados, hubiesen sido transeúntes.

*Comunicadora Social

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