
Domingo 7 de febrero de 2010| por Marco Antonio de la Parra*/ La Nacin Domingo
Regreso a Santiago desde Madrid. Durante el martes 2 de febrero estuve grabando uno de los trabajos de traductor de pintura abstracta para un grupo de ciegos en el Museo de Arte Reina Sofía bajo la dirección de Marta Azparren.
Una experiencia impresionante. Escogí un díptico de dos cuadros monocromos, un rectángulo rosa, un rectángulo dorado. Me di cuenta al mirarlos, pensando en traspasarle a ellos la impresión renunciando a lo visual, que nunca he mirado realmente un cuadro. Menos un cuadro abstracto.
Que he pasado delante de ellos perdiendo capacidad metafórica, textura, asociaciones emotivas, que toda mi pinacoteca mental es apenas una superficie de datos, que soy un ciego parcial como se habla de analfabetos funcionales.
Me he puesto delante de los cuadros esperando que entre el grupo de seis ciegos, de las más diversas edades, todos estén interesados por el arte.
Les hablo de los cuadros omitiendo, por las instrucciones, cualquier dato histórico o técnico, profundizando en la emoción, la sensación, las múltiples imágenes y sonoridades que se producen en mi cabeza.
Todos mis otros sentidos se erizan mientras veo los cuadros y me convierto en sus ojos, los de ellos, sintiendo en mi corazón la avidez de su carencia.
Quieren ver y dócil y alegremente se dejan llevar. Luego alguno querrá seguir, no entenderá lo breve, otro se quejará de haber vivido una vida siendo guiado y desconfiará de mis palabras y me hará notar que son opiniones, solamente opiniones.
Que soy subjetivo, que mi filtro es sólo eso, un filtro, que un cuadro se mira y al mirarlo uno lo mira dentro de uno, en la memoria más que en la percepción.
El que mira también es ciego. Y sólo siendo ciego se mira. La memoria es lo mirado. La experiencia emocional es fortísima. Nos quedamos conversando largo rato.
Hablan de cómo visitan museos, cómo buscan compañeros que les hablen de los cuadros, cómo recorren famosas galerías dándose la pausa para escuchar y en ese escuchar sufrir una reconstrucción interna.
La mayor parte de ellos tienen recuerdos de colores, lejanos, dispersos, pueden recurrir a esa memoria, a esos fragmentos. Me quedo estremecido pensando en el deseo de seguir conversando de la muchacha, la más joven.
¿No nos vas a contar más cuadros? Y debo recordar que el trabajo es recorrer muchas obras con distintos guías de las más distintas disciplinas. Todos deberemos renunciar al lenguaje de la vista para abrirnos en una comunicación delicada, sensible, profunda.
Me retiro marcado, respirando las dos piezas de arte abstracto que no habría casi ni tomado en cuenta de no ser por el hecho de haberle regalado mis ojos a ellos por unos minutos.
Se llevaron la experiencia de mi mirada y supe que mirar es una historia compleja, una historia de amor, el encuentro de todo el pasado, el resonar de todas las percepciones viejas y nuevas, el sentirse en el aire, en lo incierto, en la incertidumbre del lenguaje ante la ceguera, como sucedería ante cualquier discapacidad que siempre nos dice que no sabemos, que no somos, que no podemos. Creía que veía. Hoy sé que no he visto nada.
* Director de la carrera de Literatura de la Universidad Finis Terrae.