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Teatro: Algunos llegan, a otros les falta

Teatro: Algunos llegan, a otros les falta

En la cartelera destacan una obra que estimula lo sensorial en el espectador y un montaje que alude al microcosmos del transformismo. También figura una propuesta sobre el abuso infantil que le falta crecer.

Viernes 9 de diciembre de 2011| por Leopoldo Pulgar Ibarra

Sin duda, que “Kor. Post-Teatro” (en la imagen) es una propuesta muy interesante en la cartelera santiaguina. Y también una experiencia innovadora por los principios artísticos que proclama: el uso de una metodología basada en lo visual y lo estético, y la posibilidad de crear a partir de la interdependencia entre cuerpo, objeto y espacio. Un montaje que se instala, a propósito, lejos del teatro que tiene al texto literario como soporte principal o de aquel que parte de premisas ideológicas de cualquier tipo. El post-teatro lo introdujo en Chile el director Abel Carrizo-Muñoz, el año 2000, y su último montaje fue “El espejo del alma".

La imaginación al poder parece estar en la base de “Kor…”, de la cia. Dies Iraes, que dirige Simón Silva (“La muerte de Pandu”). Como cuando el lector de una novela construye en su mente el universo que le narran. En realidad, el trabajo de Silva no se dirige a lo racional, sino que busca estimular la capacidad sensorial y perceptiva del espectador. Y al no existir un relato predominante, invita a éste a darle un significado personal al deambular escénico que tendrá antes sus ojos.

“Kor…” no ofrece una historia. Sin embargo, en cada una de sus partes existe una dramaturgia que permite ubicar intenciones y objetivos. Sobre el escenario se observa una dinámica en la que dos hombres y dos mujeres juegan de principio a fin, utilizando tarros y elásticos, elementos cotidianos que en la obra juegan un rol distinto. El grupo se desplaza realizando diversas coreografías empujando los tarros, sugiriendo situaciones con la tensión, los conflictos y, en cierta medida, el riesgo, como protagonistas.

La armonía y la simetría que caracterizan los desplazamientos coreográficos son completados (o rotos) por el ruido de los objetos. Incluso con la posibilidad de errores y fallas. La suavidad de los gestos le da paso al rigor de las tensiones. El elenco parece instalarse en el anonimato, mientras que el movimiento permanente, con sus pausas y diferentes velocidades, asume toda la relevancia.

No se desarrolla una historia, pero el espectador puede reconocer o imaginar relatos parciales, autónomos o independientes que se auto justifican, que no responden a lógicas ajenas, sino a sí mismos, y que van encajando como partes de una entrega global.

Mención especial merece la música de Alejandro Muñoz, Fernanda Santander y Pablo Mangas (teclado, batería, guitarra). Llega como parte de una propuesta que estimula lo sensorial. Y lo hace con un grado superlativo en lo profesional e instrumental. Aportan un sonido de primer nivel, no escenifica la gestión escénica y abre nuevas rutas de percepción. Sería muy difícil relacionarse con la obra sin el tremendo aporte de la creación musical.

(Lastarria 90. Ju. a do., 19.30. $ 4.000 y $ 2.500)

LA VIDA DESDE EL CAMARÍN

Tres transformistas están en los momentos previos al debut de la obra en que participan. Llegaron desde la calle e iniciaron una travesía para despojarse del afuera y asumir el rol artístico que cada uno tiene. Se sacan la ropa diaria y, poco a poco, sus cuerpos van aceptando los elementos que les permitirá adoptar la nueva fisonomía: maquillaje, plumas, pestañas, medias, zapatos, vestidos ceñidos…

De algún modo, esta rutina irá quedando en segundo plano, en la medida en que al alma de los transformistas va llegando un soplo de aire fresco (ellos disfrutan con lo que hacen) y caen las costras de la vida diaria.

Porque en este montaje del colectivo Acción y Arte, que dirige Nelson Rojas, lo privado e íntimo se manifiesta sin temores ni vergüenzas, tanto lo positivo como lo negativo, con sus dramas, logros, miserias, victorias, deseos… Y sin filtros, mientras el espectador observa como testigo privilegiado.

Las actuaciones sinceras de Manuel Zapata, Daniel Buzeta, Felipe Criado y Nelson Rojas tienen la capacidad de construir este complejo universo palpitante. Con convicción en lo que hacen, los actores llenan el escenario con la tensión, nerviosismo, recuerdos y expectativas de estos transformistas. Y dejan en alto la dignidad del ser humano, bandera de lucha, enarbolada por gente que enfrenta las hostilidades del medio social.

El público (fisgón, voyerista) ve cuerpos reales, jóvenes o viejos, luchando por sobrevivir. Hay competencia y amistad, cercanía y disputas, aprecio y envidias. Y un conflicto: la negativa a actuar de uno de ellos, porque en la platea está el policía que abusó de él, la ligazón con la sociedad por la arista más brutal.

En este desnudarse corporal y emocionalmente radica la calidez de “El camarín”, mientras que a través de la palabra gruesa y una constante alusión sexual en chistes, relatos y contactos, se deja la puerta abierta para que se haga presente la sociedad real.

Una obra palpitante y mucho más cercana de lo que el espectador quisiera.

(C.C. Manuel Rojas. García Reyes 243. F: 9 155 3502. Vi., 20.30. $ 2.000)

 

"CAMPAMENTO" DERRUMBADO

Del abuso y el maltrato infantil habla este montaje que dirige Amalia Kassai. Buen tema al que le faltó de todo para su concreción. Sin duda influye tanto la juventud de la dramaturga, Begoña Ugalde, como del elenco. Con hechos reales como referencia, la obra se concentra en un niño que fue castigado por provocar un incendio durante un campamento scout. El montaje narra la visión que él tiene de los sucesos y cómo los padece. Este proceso, que en la obra se desarrolla desde el interior de la conciencia del muchacho castigado, arrasa con la estabilidad del protagonista, ya que se produce al interior de los sueños, cuya lógica disparatada confunde a todo el mundo, al entremezclarse los elementos reales captados durante la etapa de vigilia.

Tal vez, en haber elegido este punto de vista demasiado complejo radique el problema principal de la obra. La falta de vivencias y experiencias personales y teatrales influyen para que lo dramatúrgico no haya logrado desarrollarse, insuficiencias que la puesta en escena tampoco resuelve. Así, la anécdota resulta poco convincente y no aparecen las articulaciones que se requieren para que el relato no quede a la deriva.

Desde la actuación tampoco hay un aporte significativo. Y, tal vez, el hacer hablar al elenco como “cabros chicos” no haya sido la mejor opción, ya que todo se hace poco creíble.

(Lastarria 90. F: 9.79237172 .Ju. a do., 20.30. $ 4.000 y $ 2.000) 

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