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  Teixeira Coelho: "Arte no es cultura"

  El fenómeno cultural ha cambiado mucho, explica el experto brasileño. Sin embargo, no así su forma de comprenderlo. Para aportar a una cartografía en constante movimiento, y que requiere agudizar la mirada, llega a Chile este desafiante libro.

Domingo 25 de julio de 2010 | por Claudio Pereda Madrid   Fuente: La Nación Domingo + Sigue a La Nación en Facebook y Twitter

Un estado espiritual desarrollado, prácticas que permiten alcanzar dicho punto y manifestaciones que conforman una experiencia colectiva componen la Santísima Trinidad de la cultura, según explica el "Diccionario crítico de política cultural", del experto brasileño Teixeira Coelho, traducido hace poco al español y prácticamente recién llegado al país, gracias a Gedisa-Océano. La definición forma parte de los casi mil conceptos presentes en más de 350 páginas de un libro que es casi único en su tipo.

La principal intención de Coelho, fundador del Observatorio de Políticas Culturales de la Universidad de Sao Paulo, es la propuesta y la búsqueda de un punto de acuerdo respecto de las palabras que pululan constantemente por el campo semántico de lo cultural. Eso sí, sin la histeria ni el boato de las grandes interpretaciones de los últimos siglos que todo explicaban "y que no decían nada o mucho", según el autor. Sería un lugar común describir este diccionario como "una Biblia de la cultura". Y, además, erróneo. Coelho no pontifica, sino que investiga y desacraliza.

"Nadie sabe más de política cultural que yo", dijo una ex funcionaria pública hace algunos años. De seguro no había leído este útil, intenso e imprescindible diccionario, porque si una cosa es clara en este cada vez más amplio campo, es que su cartografía está en permanente movimiento. De eso y de su libro Teixeira Coelho conversa con LCD.

-Usted señala que la evolución o el cambio en el uso de la expresión "gestor cultural", en vez de "agente" o "mediador cultural", tiene clara relación con la incidencia que progresivamente en las últimas décadas toma el mercado en la cultura. ¿Cómo se le puede llamar a ese cambio: invasión, intromisión, derrota?

-Un poco, pereza: la palabra "gestor" hoy es tan común, que ¿por qué no utilizarla también en la cultura? Da a la cultura y sus cosas un aire distinguido, profesional, ¿verdad? Parece que fuera una cosa en serio. Pero, también, por commodification de la cultura, es decir, la cultura como mercancía y el gestor como un administrador de la mercancía cultural. Y por derrota también, es verdad. Significa que se entiende la política cultural como control de la cultura. La cultura es el último territorio en donde se da el combate ideológico y todavía hay estados o gobiernos que se creen con el deber de no perder esta lucha, que sería la última lucha, la lucha final, ya que no pueden controlar nada más.

"De un lado, el Estado que todo lo quiere controlar. De otro el mercado, que todo quiere mercantilizar. Y puesto que la administración y el marketing son más duros y poderosos que la filosofía o la teoría de la cultura, son ellos los que dan las cartas, como se dice: son los que mandan. E imponen su terminología, sus gestores, imponen que se hable y que se piensen las cosas como dependientes de gestores. Pero lo que la cultura necesita es de agentes o mediadores. A menos que se piense en el gestor de una manera generosa, como justamente alguien más cercano del agente cultural de los años 60 y 70 o del mediador de los '80. Pero para eso hay otras palabras, justamente: el agente cultural, el mediador cultural, mientras sea necesario que siga existiendo esa persona que se interpone entre la cultura y su destinatario. El ideal es que el mediador cultural desaparezca, que no sea más necesario, quizás algún día..."

-Asumiendo la complejidad de los fenómenos culturales que usted subraya en su libro, pero considerando lo que llama la "positividad de la cultura", ¿cómo observa el masivo y penetrante fenómeno de la televisión en nuestras sociedades?

-La televisión es realmente un campo importante e impresionante. Es la principal responsable de lo que denomino "histerización de la cultura", por la cultura histérica que tenemos, el Campeonato Mundial de Fútbol, las vuvuzelas, en fin... Sin embargo, ya no es la única responsable: muchos gestores culturales la incorporaron, con eso de "Llas noches de la cultura", cuando se gasta en una sola pasada todo el presupuesto anual de una buena institución cultural para que la gente se atropelle en las calles en busca de algo que no encontrará jamás... Pero, claro, parece que eso no importa a los gestores: no se dan cuenta de la histerización de la cultura, pues viven de ella… La verdad es que los jóvenes ven menos TV que sus padres. La cultura hoy se desplaza a internet, a la pantalla del computador.

-Para usted la caída de las Torres Gemelas develó que la cultura no era ese ungüento embalsamador de "lo mejor de lo nuestro", sino que con claridad podría ser en algún instante exactamente lo contrario. ¿Cree que se ha entendido bien esa lección, casi una década después?

-No. Hay muchas "buenas almas" que todavía dicen que no hay "choque de civilizaciones" o de culturas, que buscan negarlo todo en nombre de una fraternidad universal que no existe. La idea del conflicto es importante y hay que trabajar con ella en cultura, no negarla. Vivir con ella. Los conflictos existen, han siempre existido y parece que van seguir existiendo. Hay que enfrentar la cuestión, entender qué significa. Y todavía existen los que se niegan a ver la cultura como negatividad.

-¿Cuáles son los principales vectores que propone en su política cultural?

-Por un lado, el diverso como instrumento del derecho cultural, pero el diverso en el sentido del otro, no el diverso malicioso, el diverso egótico o ideologizado. Por otro lado, la sociedad civil en el control de la cultura que ella misma quiere, no el Estado ni el mercado; luego la innovación, no la repetición de lo mismo; como cuarto punto, una idea contemporánea de lo que es patrimonio; enseguida la invención, como contrapartida de la innovación, o sea, el retorno a lo que fue para cambiarlo. El sustrato importante aquí es la idea de identidad, una idea que anima todos los crímenes culturales. La identidad está siempre en refacción, hay que inventarla a cada rato, hay que volver atrás para rehacerla. Finalmente, habría que subrayar el concepto de last but not least, la idea de que arte no es cultura, que arte y cultura son cosas distintas y a veces contrarias. No se hace política cultural digna con la idea de que arte es cultura.

-¿Y podría decirse que hoy se está más lejos o más cerca de esa mirada?

-Es difícil hablar de ese tema en general, felizmente el mundo sigue siendo todavía muy grande. Pero en países de América Latina, para quedarnos con lo más próximo, se está todavía muy lejos de esa mirada...

-En medio del avance tecnológico actual, ¿cree que la existencia de un diccionario, algo así como un terreno atractivo e ignoto, que ofrece múltiples entradas, recoge de mejor manera esa cuchilla del arado que revuelve la tierra, que -como usted señala en su introducción- la deja "en un estado que es al mismo tiempo desolador y cautivante"?

- Sí, en cultura un diccionario es mejor que una teoría uniforme y orgánica que pretende decirlo todo, explicarlo todo, conformarlo todo. Y eso porque la cultura es compleja, cambiante, mutante todo el tiempo. Un diccionario dibuja el mapa de los sitios y los conceptos, pero no oculta que entre ellos hay un espacio abierto, en blanco, un territorio libre y desconocido que hay que investigar. El diccionario es un elemento más honesto, más abierto, menos "performático" de la reflexión sobre la cultura. Y en esto me refiero a los grandes pensadores mediáticos, los grandes interpretes de los siglos XIX y XX que todo explicaban y que no decían nada o mucho. Siempre se puede agregar un concepto nuevo a un diccionario sin que el edificio se derrumbe. Una teoría unitaria es diversa: no acepta cambios locales. Un diccionario es como la vida: cambia como cambia la vida. Si cambio algo en él, no lo destruyo. LCD

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