Teoría crítica al borde del abismo
Replegado en California (por salud pero también porque allí la vida era menos cara que en el este), Horkheimer se propuso en 1941 dedicarse a la dialéctica y al naufragio de la racionalidad.
Entre 1932 y 1941 apareció, bajo el austero título de Zeitschrift für Sozialforschung (ZfS: revista de estudio social), una extraña publicación, redactada principalmente en alemán aunque sus últimos cuatro números lo serían en inglés. Su vocación, de creérsele a su iniciador, el filósofo Max Horkheimer, era “brindar una teoría del transcurso de la época presente”. Atrapada justamente por ese tiempo de hierro y la toma del poder por Hitler, se convirtió rápidamente en una revista nómada, cuya redacción erró entre París y Ginebra antes de encontrar refugio en la Universidad de Columbia (Nueva York), donde la que más tarde se conoció como la Escuela de Francfort buscaría borrar sus orígenes marxistas.
A razón de tres entregas por año, reivindicando 300 suscriptores y 800 ejemplares, la ZfS provenía del instituto del mismo nombre fundado en 1923, en conjunto con la Universidad de Francfort, por el mecenas de izquierda Felix Weil, cuya familia se había enriquecido en el comercio de cereales. Horkheimer tomó la dirección en 1931. Instituto y revista encarnan, aún hoy, la suerte y el espíritu de una aventura intelectual e interdisciplinaria, la “teoría crítica”, que es sin duda la más influyente en filosofía contemporánea y en ciencias humanas.
Ese carácter precursor y pionero fue tardíamente reconocido en Francia (sobre todo por Michel Foucault y Jacques Derrida). El redescubrimiento de la “teoría crítica” que une la reflexión dialéctica con la investigación sociológica sólo se logró al lado oeste del Rin a partir de la década de 1980, cuando Jürgen Habermas reinaba en el instituto, reinstalado en Francfort desde los ’50, y que había estado largo tiempo bajo la égida de Theodor Adorno.
La suerte de la revista siguió las tribulaciones de la emigración antinazi alemana. Tras la declaración de guerra francesa a Alemania en 1939, Horkheimer confió desde Estados Unidos a su editor en París sus temores por la supervivencia de un periódico redactado en la lengua de Goethe. Pero el entonces comisario general de la información Jean Giradoux hizo saber que consideraba un honor que la iniciativa continuara. Sólo un respiro al que puso fin la entrada de las tropas alemanas a París. Casi todos los colaboradores surgidos de las capas medias o afortunadas del judaísmo alemán asimilado, en los momentos en que el antisemitismo se aprestaba a reducir a esos investigadores de punta al estatus primero de outsiders y luego de emigrantes, lograron escapar de la garra hitleriana… salvo Walter Benjamin, acorralado hasta el suicidio en septiembre de 1940.
Para esos fugitivos, la ZfS sirvió de punto de encuentro y ayuda. Fue el caso de Erich Fromm, que se esforzaba por conciliar la enseñanza freudiana con el “materialismo dialéctico”, o de Herbert Marcuse, futuro teórico de la nueva izquierda en los ’60, quien se desprendió, al contacto con Horkheimer, de la influencia de su primer maestro, Heidegger. Franz Neumann, el futuro maestro de pensamiento del historiador de la Shoah Raúl Hilberg hará allí sus primeras armas estadounidenses antes de proponer en 1942 una reflexión nueva sobre el rol de la burocracia en el nazismo.
Aunque en su mayoría provenían de los medios burgueses, muchos comenzaron por el marxismo. Pero un marxismo menos ortodoxo, más filosófico, que se hace eco del descubrimiento (por entonces reciente) de los manuscritos parisinos de 1844 del “joven Marx” y del “marxismo occidental” (el de los húngaros germanófonos como Georg Lukacs o Karl Mannheim). Rolf Wiggershaus, autor de una magistral historia de la Escuela de Francfort, estima que la atadura marxistizante fue lo bastante fuerte para haber impedido a Horkheimer y sus allegados captar la especificidad del nazismo, exclusivamente abordado por ellos por el prisma de conceptos de “crisis” o de “capitalismo monopólico de Estado”.
Fue más bien en los artículos de reflexión estética, como los de Adorno sobre el jazz (quien recurrió al pseudónimo de “Héctor Rottweiler”) donde se encuentran las primeras reflexiones sobre la cultura popular, la pérdida de la dimensión de protesta de ésta y (mucho antes de los situacionistas) un análisis de la contribución de la “industria cultural” a la regimentación de las masas. Para Adorno, la “teoría crítica” se encontraba en una situación similar a la de la “nueva música”, la de Schönberg y Alban Berg: siendo un producto de la sociedad burguesa, le tiende un espejo donde se refleja dialécticamente el rostro negativo de lo social.
Del mismo modo, Walter Benjamin, estando ligado a Brecha, colaboraba regularmente con la revista desde su exilio parisino. Publicó allí, en 1936, uno de sus más célebres artículos, “La obra de arte en la época de su reproducción mecanizada” y se preocupó de que los valores estéticos tradicionales de la sociedad burguesa (la creatividad, el genio, el individualismo, el heroísmo) contribuyeran en adelante a configurar la realidad en un sentido “fascista” (a contrapelo de una pasión colectiva como el cine).
En el último número en alemán de la ZfS, Horkheimer se decidió por una profesión de fe política titulada “Los judíos y Europa” (1939). Si bien siguió viendo en el fascismo el síntoma de un capitalismo en declinación, se inquietó al constatar el entusiasmo de los dominados en ponerse al ritmo más allá incluso de la potencia de la ideología. “La idea de que la noche no dura eternamente puede aún consolar a los que perecen bajo ella”. Adorno, por su parte, habla de la tarea de transmisión de la verdad como de una “botella en el mar”.
En adelante, el proyecto sobrepasó la edificación de una filosofía política social apoyada en investigaciones empíricas. Replegado en California (por razones de salud pero también porque allí la vida era por entonces menos cara que en el este), Horkheimer se propuso en 1941 dedicarse a una exploración de la dialéctica y a una meditación sobre el naufragio de la racionalidad. Esto implicó dejar en sueño al instituto y la interrupción de la revista, que sólo será reeditada integralmente en 1970 por la casa editora de Munich Kösel-Verlag. Tras haber pensado por un tiempo en asociarse a Herbert Marcuse, se une a Adorno, con quien escribirá la obra magistral que es “La dialéctica de la razón” (1974). En el crepúsculo, otra historia comienza.
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