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Martes 17 de enero de 2012| por Matt Ridley / PROSPECT MAGAZINE - foto: UPI
Desde un satélite, la frontera entre Haití y República Dominicana se ve como el borde de una alfombra. Mientras la República Dominicana luce verde de bosques, Haití es café: 98% deforestado.
Una de las principales razones es que Haití depende de la bío-energía. La madera se usa no sólo para cocinar sino también para la industria, suministrando el 70% de la energía haitiana. En cambio, en la República Dominicana el gobierno importa petróleo y subsidia el gas propano para cocinar.
El caso de Haití es un recordatorio de que en bío-energía no hay nada nuevo. (…) Y ocurre que la bío-energía no contribuye en nada a disminuir las emisiones de carbono; en realidad está empeorando el problema. La razón es la siguiente. Un átomo de carbono es un átomo de carbono, no importa de dónde provenga. Oxidémoslo (quemémoslo) y se obtiene dióxido de carbono.
Eso es así, trátese de un hidrocarbonos (como el carbón o el gas), un carbohidrato (como las féculas del maíz) o un lípido (como el aceite de palmera). Aproximadamente un tercio de los átomos que oxidamos para liberar energía son carbono y dos tercios son hidrógeno. (El hidrógeno oxidado es mejor conocido como agua).
Como lo ha calculado Jesse Ausubel, de la universidad Rockefeller de Nueva York, la madera tiene una tasa más alta de carbono en relación al hidrógeno (10) que el carbón (1), el petróleo (0,5) y el gas (0,25).
Queme madera y conseguirá 40 veces más dióxido de carbono por cada unidad de energía que si usted quema gas. Sin embargo, un átomo de carbono en la madera fue absorbido del aire unos pocos años antes, cuando el árbol creció, mientras que un átomo de carbono en el carbón o el gas fue absorbido del aire cientos de millones de años antes.
Dado que un árbol caído puede ser reemplazado bastante rápido por uno nuevo, los partidarios de la madera dicen que esta es “neutral en carbono”, mientras que el gas no lo es. El problema con este argumento es que no toma en cuenta el hecho de que quemar la madera oxida los átomos de carbono décadas antes de que se liberen en forma natural.
Según un informe de Joanneum Research, esta deuda adelantada de carbono podría demorar dos o tres siglos en ser pagada en el caso de la madera. En el caso de las siembras cultivadas para combustibles líquidos, surge un problema aún mayor: el carbono oxidado al plantar, cosechar, transportar y secar los granos resulta ser casi el mismo que el contenido de carbono de la planta misma.
Esto significa que casi tantos átomos de carbono (y casi tanta energía) se queman al hacer el combustible como los que hay en ella. Y va empeorando. Cuando un bosque es talado para abrirle espacio a una cosecha de biocombustibles, el carbono almacenado en los árboles y el suelo se filtra a la atmósfera.
La siembra es entonces cultivada con fertilizante de nitrógeno, parte del cual se convierte en óxido nitroso, un gas con efecto invernadero 300 veces más potente que el dióxido de carbono. Pero, incluso si no se despejan los bosques para cosechar biocombustibles, habitualmente se desplaza una siembra de alimentos.
Esto empuja al alza los precios alimentarios. En agosto, el Comité de Naciones Unidas para la Seguridad Alimentaria Mundial dijo que los biocombustibles han sido una causa mayor para las recientes alzas en los precios de los alimentos que el crecimiento de la clase media asiática.
Los precios más altos alientan a los agricultores a cultivar más tierras vírgenes, de manera que los biocombustibles fomentan la destrucción de la selva húmeda para producir alimentos, aunque no reemplacen directamente a los bosques.
Un estudio estadounidense publicado en la revista Science en 2008 concluyó en que debido a que el maíz convertido en etanol no podía exportarse como alimento, algunas tierras vírgenes serían despejadas y aradas en otras partes del mundo por cada hectárea de cultivo de etanol de maíz, lo que significaba que el etanol tenía efectivamente el doble de impronta de carbono que el petróleo.
En este punto, los partidarios de los biocombustibles sostienen que la segunda generación de estos, consistente en pasto miscanthus y plantas de jatrofa “celulíticos”, se cultivará en tierras marginales no utilizadas para la agricultura.
Al preguntárseles dónde están estas tierras y cómo puede hacérseles lo bastante fértiles para cultivar biocombustibles, apuntan a tierras agrícolas degradadas y abandonadas. El problema es que se olvidaron de decírselo a las personas que viven allí. Goran Berndes, de la universidad Chalmers de Tecnología de Suecia, fue coautor de un informe que analizó 17 estudios sobre viabilidad de la bío-energía. Su conclusión fue que “tierras informadas como degradadas suelen ser la base de subsistencia de la población rural”.
Aunque el impacto de la bío-energía en los precios de los alimentos ha sido considerable, la reducción en el uso de petróleo ha sido minúscula. En el mundo, 5% de los granos fueron convertidos en combustible en 2010, desplazando apenas un 0,6% de petróleo.
Reducir, digamos, un 20% del uso mundial de petróleo requeriría una apropiación de tierras tan gigantesca que la hambruna se extendería y las selvas húmedas serían un recuerdo distante. La conclusión es tajante. No hay forma de manejar ni siquiera una fracción de la economía mundial en base a la bío-energía sin dañar gravemente al planeta.
Por el bien del medio ambiente debemos utilizar una forma mucho más densa de energía, como los combustibles fósiles o la energía nuclear, cuyas huellas estimo que son unas 100 y 10.000 veces menores, respectivamente, que las de los biocombustibles. Lo mismo se aplica a otras formas de energía renovable, con la posible excepción de la energía solar, cuya densidad podría ser algún día mejor que el resto.
Una declaración de interés: como propietario de tierras me beneficio de las recientes alzas en los precios del trigo y la madera causadas por la bío-energía. De manera que las opiniones aquí expresada van en contra de mis intereses financieros.
* Autor de “El Optimista Racional”.