Liliana Cortés, directora social del Hogar de Cristo:
En estas semanas hemos reflexionado sobre el valor concreto de una pala, un par de zapatos, un juego de ollas o un colchón. No como metáfora, sino como urgencia. Hemos cotizado, armado y distribuido kits de habitabilidad para “vestir por dentro” las viviendas de emergencia que hoy necesitan localidades completas del Biobío y Ñuble tras los incendios de enero.
Las cifras son elocuentes: más de 20 mil personas damnificadas y más de 4 mil viviendas destruidas. Más del 80% del daño se concentra en Biobío y el 20% en Ñuble. En números absolutos, el impacto es mayor en Biobío, una región más extensa y poblada.
Pero el daño social no es homogéneo. La pobreza que se incendia no es igual en ambas regiones. Y eso importa al pensar la reconstrucción.
Biobío presenta indicadores más cercanos al promedio nacional. Según Casen, un 15,5% vive en pobreza multidimensional, bajo el 17,7% nacional. Esto no minimiza la emergencia, pero habla de una base con mayores redes, servicios y conectividad para enfrentar la recuperación.
En Ñuble, en cambio, junto a la devastación visible —casas calcinadas, silos vacíos, huertos inertes— se profundiza una realidad previa: pobreza estructural, aislamiento territorial, baja conectividad y una población envejecida que enfrenta la reconstrucción con menos apoyos.
Ñuble se mantiene sobre el promedio nacional en pobreza por ingresos y es una de las regiones con mayor proporción de población rural del país. Esa ruralidad implica mayores dificultades para acceder a servicios básicos, menor conectividad digital y menos acceso a redes que facilitan educación, empleo e inclusión.
La brecha digital es especialmente crítica cuando muchos apoyos y trámites se canalizan en línea. A esto se suma que Ñuble supera la media nacional en población mayor de 60 años. En numerosos hogares, personas mayores cuidan a otras con dependencia, multiplicando las cargas.
Las cifras de pobreza severa —que combina pobreza por ingresos y multidimensional— reflejan esta fragilidad: 6,1% a nivel país; 6,2% en Biobío; 6,9% en Ñuble.
La reconstrucción material es indispensable. Pero también lo es fortalecer el tejido humano: conectividad efectiva, apoyo en salud mental, acompañamiento educativo y programas que consideren el envejecimiento y las cargas de cuidado propias de la ruralidad.
En Ránquil, Quillón o Bulnes no solo ardieron viviendas. También se quemaron frágiles mecanismos de soporte. La tarea no es solo levantar paredes, sino reconstruir dignidad, oportunidades y esperanza. Desde el Hogar de Cristo lo haremos junto a quienes viven en estos territorios, comprendiendo la complejidad de la ruralidad de Ñuble y también de los sectores urbanos afectados en la costa y en el Gran Concepción.

Liliana Cortés, directora social del Hogar de Cristo: