En plena pandemia, cuando las escuelas cerraron sus puertas y las clases se trasladaron a los computadores, el director del Liceo Bicentenario Víctor Jara de Peralillo (Región de O’Higgins), Miguel Rivera Alvarado, se preguntó si ese momento histórico se convertiría en el fin de las escuelas.
Sus reflexiones con respecto a esta idea, el confinamiento y el posible regreso a las aulas, las comenzó a escribir, primero para la prensa y luego en el libro “La escuela ha muerto ¡Viva la escuela! Desafíos para un futuro común: la mirada de un director”. El texto se presentó el lunes en la casa central de la Universidad de Chile.
Lo acompañaron en el lanzamiento Juan Pablo Valenzuela, director del CIAE de la U. de Chile; Francisca Corbalán, investigadora del Instituto de Educación – CIAE y Karen Mariángel, investigadora del Departamento de Estudios Pedagógicos de la Facultad de Filosofía y Humanidades U. de Chile. El espacio fue moderado por la periodista Rocío Montes, de El País Chile.
Fuerte vínculo del liceo con la Universidad de Chile
Este lanzamiento deviene del fuerte vínculo del Liceo Bicentenario Víctor Jara con la Universidad de Chile. Su comunidad ha visitado y participado en instancias de aprendizaje bidireccional. La propia rectora, Rosa Devés, ha estado en el plantel.
Profesor de Historia y Geografía y especializado en Coaching Ontológico, Gestión Escolar y Excelencia Educativa, Miguel Rivera, trabajó durante 26 años de su vida en colegios privados. En 2022 asumió la dirección del Liceo Bicentenario Vìctor Jara de Peralillo. Como parte de este rol, fue seleccionado como uno de los 50 finalistas del prestigioso Global School Prize 2026.
“La escuela sin duda es la gran constructora del tejido social”
¿Cuál es para usted el rol de la escuela en la sociedad?
-El gran descubrimiento, sobre todo en la pandemia, es cuando desaparece la escuela o la pregunta sobre para qué sirve la escuela. La escuela sin duda es la gran constructora del tejido social, el tejido familiar. La escuela finalmente es el espacio donde uno extiende su ámbito de acción, desarrolla habilidades sociales con seres distintos, diferentes, únicos y en un entorno que es más amplio. Por lo tanto, el primer valor de la escuela es la construcción del tejido social que permite mantener una sociedad democrática. Que construye o se preocupa por el bien común, no solo el bien individual.
Yo creo que ahí está el primer elemento de validez de la escuela y sobre todo después de la pandemia. Entender la escuela como un espacio abierto y no cerrado. Esta escuela rodeada de muros, de rejas. Por el contrario, la escuela es un espacio muy permeable y tiene que aprovechar esa permeabilidad para vincularse con el entorno, con el medio, con el territorio. Con las organizaciones comunitarias, porque es ahí donde los estudiantes cuando egresan de la escuela se van a insertar.

“La escuela no es individual”
¿La escuela es un espacio/actoría que pertenece a la comunidad en su totalidad?
-La escuela no es individual. No es la escuela que me prepara para sacar un tremendo puntaje en la PAES o que me vaya muy bien a mí o a mi escuela en el Simce. Sino que es cómo desarrollamos las grandes competencias que nos van a permitir cuidar el espacio común, cuidar, particularmente, la democracia.
¿Existe mucha diferencia en Chile entre la educación pública y la educación privada?
-Absolutamente. Toda la investigación señala que los resultados académicos duros o puros tienen que ver con el capital social y cultural de las familias de origen. Entonces, la explicación de por qué los colegios privados tienen un mejor resultado académico es porque las familias de origen tienen un mayor capital cultural, social y económico. La escuela pública tiene que hacer urgentes esfuerzos, junto con la sociedad, para equiparar las condiciones de entrada de la familia y de los estudiantes.
“Las escuelas estamos llamadas a equiparar la cancha”
¿Y el rol y la importancia de la educación pública?, ¿cómo podemos explicarlo a la sociedad?
-Es fundamental el compromiso de una educación pública que no está llamada a mantener el statu quo, sino que a cambiar las posibilidades. Eso debe estar articulado con su comunidad de referencia, con su entorno. Las escuelas estamos llamadas a equiparar la cancha, cambiar las condiciones. No podemos cambiar las condiciones de origen, pero sí las posibilidades y las competencias de esos alumnos que van a ingresar en el sistema laboral profesional universitario. Podemos vincularnos con otras comunidades de destino cada vez más amplias que nos ayuden a cambiar las condiciones de origen.
“Es un regalo, un orgullo”
¿Qué significó para usted presentar este libro en un espacio como la Universidad de Chile?
-Es un regalo, un orgullo que me tiene bastante emocionado. Tener un director de escuela, y de escuela pública, tener la posibilidad de presentar un libro, que es una reflexión de un director sobre la escuela, en la madre de la educación pública, en Chile, es un honor. Permite también visibilizar lo que están haciendo muchas escuelas públicas de zonas aisladas o los más de mil microcentros que hay en Chile que están bien, a veces, abandonados, pero con su comunidad están haciendo muchas cosas.