28 Mayo 2022 01:07
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Crítica de discos: “Canciones para conversar con la muerte” de Pablo Ilabaca

El primer álbum solista del destacado músico chileno surge como una de los trabajos más interesantes a nivel local de los últimos años. No sólo por demostrar la enorme versatilidad estilística del ex Chancho en Piedra y 31 Minutos, sino por ser una placa original, sólida y ante todo sincera.

Si hay algo más interesante que escuchar por primera vez los discos de los principales grupos musicales chilenos, es oír los proyectos que sus integrantes (o exintegrantes) graban en solitario. Y es que siempre existe esa inevitable, y muchas veces odiosa, comparación con sus trabajos anteriores.

Ocurrió con Jorge González y sus primeras placas solistas en la década de los 90 tras disolverse Los Prisioneros, Quique Neira y sus LPs luego de su salida de Gondwana, Ana Tijoux post ruptura de Makiza, y Álvaro Henríquez con su disco homónimo de 2004 tras la separación de Los Tres y Los Petinellis. Todos álbumes que inevitablemente pasaron por la lupa de los críticos y seguidores, algunos con mejor suerte que otros.

Más allá de eso, sea o no apropiado, el ejercicio suena interesante, pues generalmente a los músicos y artistas se les encasilla con una sola idea, como si tuvieran que rendir cuentas por querer explorar o cambiar de estilos, llegando muchas veces a ser presos de su pasado. Algo realmente injusto pues si González, Neira, Tijoux y Henríquez tienen un estatus trascendental en la escena local de las últimas décadas, es por su intención de mantenerse en constante cambio sin salir derrotados en el intento.

Es por eso mismo que el primer trabajo solista de Pablo Ilabaca asoma como una propuesta más que interesante, considerando de antemano que coloca al gran compositor de los principales clásicos de Chancho en Piedra y 31 minutos en un rol distinto, indagando en géneros que incluso (uno pensaría) podrían resultar incómodos para alguien que hizo del funk y el rock su propio sello durante más de dos décadas.

Lo cierto es que desde el comienzo, el músico demuestra que este es un desafío artístico a nivel personal, que su LP va en serio y que no planea autoplagiarse intentando parecerse a lo hecho en proyectos anteriores. Y el nombre del disco, lejos de ser pretencioso, tiene una lógica que queda tácitamente evidenciada en la temática y el sentido mismo de su contenido: todas sus canciones, producto de una incesante búsqueda creativa, están impregnadas de una atmósfera de muerte, pasado y nostalgia.

“Teniente 1945” aparece como un emotivo vals digno de las más tristes historias de amor del siglo XX, con un cantautor dando lo mejor de su arsenal vocal para narrar el caso de su abuelo minero fallecido en un incendio. “Quinientas almas vuelan ya, amor, soy una más. No busques más mi cuerpo allí, estoy sentado junto a ti”, dice parte de una letra que impacta, y ante todo, conmueve.

Acto seguido, aparece un muy bien logrado cóver de “Mi viejo” de Piero, desarrollado de forma auténtica en compañía de una orquesta, y que ya es bien conocido por haber sido el primer single del álbum. Buena apuesta de la que sale muy bien parado.

“The morning after” rompe la continuidad estilística de los primeros temas, con un track en inglés que embarca al oyente en un viaje express a aquella música del pasado que el tiempo, injustamente, ha dejado casi en el olvido. Ilabaca parece estar cantando con un grupo de instrumentistas en un bar de los años 50. Un verdadero acierto que se agradece.

“Casimiro vico, pésimo actor” le sucede, con un instrumental de alta gama conducido por un acordeón que evoca nuevamente a épocas pasadas, a la infancia y al circo (o al menos esa es la impresión que da en un primer momento).

La quinta canción, que marca la mitad del trabajo, es una reversión de “Todo el mundo querrá partir”, original de 2002 (incluida en “El tinto elemento” de Chancho en Piedra), que nuevamente recuerda que el nombre de la placa no es mera coincidencia, y que en este LP Ilabaca ha puesto el tema de la muerte como eje central y no lo va a soltar hasta el final.

“Libertad para mí, libertad para ti”, “En el melonal” y “Pálida forma nocturna” aparecen consecutivamente como tres tracks hechos para ser singles, y quizás los momentos cumbres del disco (la última parte de “En el melonal” llega a ser indescriptible), combinados con un ingrediente clave que les otorga un enorme plus: la voz de Javiera Vinot en coros. La presencia de la cantante potencia en demasía estas tres piezas y le dan una categoría distinta.

Por último, aparece un cóver de “El Guarisnaque” de Los Caporales, un hit trabalenguas que el músico rescata del olvido para instalarlo con fuerza en el presente, contando además con la colaboración en voces de su hermano Felipe Ilabaca; mientras que todo termina con el hermoso instrumental “Tonada para una güagüita recién nacida”, que nos recuerda que si bien la muerte nos asedia constantemente, también sigue existiendo el milagro de la vida a la vuelta de la esquina.

Una vez escuchado el álbum, ¿Qué cosas es importante recalcar? En primer lugar, su autenticidad y coherencia. Este no es sólo un emotivo e íntimo homenaje del artista a “sus muertos”, sino que a la muerte en su totalidad: al fin de la vida física, al término de la infancia y el paso a la adultez, a las baladas y estilos que el tiempo decidió dejar en el olvido, al fin de una relación, a la partida de un familiar, etc. Por lo mismo, es un trabajo mucho más complejo de lo que puede parecer a primera escucha.

Eso a nivel temático, porque si hablamos de lo netamente musical, nos encontramos con un punto de diferenciación clave que enlaza toda la idea de la placa y que destaca por su originalidad: la presencia de un theremin “fantasmagórico”, ejecutado por Martín Benavides, que asoma como una especie de “compañero de viaje” para el oyente, guiándolo canción por canción y enfrentándolo con la muerte sin soltarle la mano.

Lo otro que hay que destacar es su equilibrio. Porque el LP está compuesto de diez composiciones de gran calidad. Al disco no le sobra (ni estorba) ningún tema, y eso lo mantiene en un muy alto nivel hasta que finaliza. A su vez, cada track es muy distinto del anterior, lo que hace que el oyente esté interesado siempre en lo que va a venir. Esa sensación de sorpresa se hace constante y permite que este proyecto no pase de ningún modo inadvertido.

Por lo mismo, frente a tanta coherencia temática, buena producción, equilibrio, originalidad, creatividad y diversidad de estilos, surge de inmediato la pregunta: ¿Será “Canciones para conversar con la muerte” el mejor disco que se haya hecho en nuestro país durante los últimos años? Habría que pensarlo, pero sólo con la emoción que despierta escuchar “En el melonal” y “Teniente 1945” uno se atrevería a decir de inmediato que sí.

Valoración: 9/10

Canciones recomendadas: “Teniente 1945”, “Pálida forma nocturna”, “En el melonal” y “Libertad para ti, libertad para mí”.

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